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Vitamina D, la compañera perfecta para la salud ósea

¿Sabías que la vitamina D es en realidad una hormona? Parece que en un principio fue mal catalogada porque se pensaba que solo provenía de los alimentos, una teoría descartada posteriormente cuando se le reconoció la categoría de hormona que, tras ser sintetiza por la piel expuesta a los rayos UVB, es metabolizada en el hígado y riñón hasta llegar a su forma activa, 1,25-dihidroxivitamina D, donde es administrada a nivel celular para cumplir variadas funciones del organismo.

La vitamina D es una vitamina liposoluble que contribuye a la absorción y la utilización normal del calcio y el fósforo. Relacionada íntimamente con la salud ósea, es fundamental a cualquier edad, desde la formación del esqueleto del feto durante la gestación, pasando por la infancia y la juventud, cuando se desarrolla el pico de masa ósea, hasta los 50 años, momento en el que, según los especialistas, suele comenzar el verdadero riesgo de desarrollar osteoporosis, debido a que desciende la capacidad de formación de vitamina D en el organismo de manera fisiológica.

Asimismo, interviene en la regulación de los niveles de calcio en sangre, se encarga de estimular la absorción de calcio a nivel intestinal y favorece la reabsorción de calcio a nivel renal. A partir de estas características, se ha generado un creciente interés por sus efectos extraóseos, como la capacidad para inhibir la proliferación e inducir la diferenciación de múltiples células, modular el sistema inmunológico o promover la secreción de insulina.

Esta vitamina, aislada en el año 1922, es también necesaria para el movimiento de los músculos o para que los nervios puedan transmitir mensajes entre el cerebro y cada una de las partes del cuerpo. Además, el sistema inmunitario emplea la vitamina D para combatir los virus y bacterias que lo invaden.

A pesar de su importancia, la población de los países industrializados presenta un déficit de vitamina D que puede tener serias repercusiones de salud pública. En España, y a pesar de nuestro bien publicitado sol, tampoco nos libramos de esta deficiencia, que afecta todas las edades estudiadas y en ambos sexos. Según datos de un reciente estudio, “más del 40 por ciento de los españoles menores de 65 años y más del 80 por ciento de la población sénior sufren déficit de vitamina D en su organismo”.

La falta de vitamina D no provoca síntomas, aunque en ocasiones la falta de este tipo de vitamina puede producir cansancio, dolor o debilidad muscular, sobre todo en la parte inferior de la espalda y en las caderas. Pero, estos síntomas solo aparecen cuando los niveles se mantienen muy bajos durante mucho tiempo.

Las personas que tienen un mayor riesgo de sufrir este déficit de vitamina D son las que padecen enfermedades que provocan su mala absorción, como las personas celíacas, quienes toman corticoides, las que sufren insuficiencia renal o las embarazadas, entre otras. Los ancianos y los niños pequeños son considerados población de riesgo porque la gente mayor sale menos de casa y, por tanto, tiene una exposición más reducida al sol y, en el caso de los menores, estos suelen ir más protegidos de los rayos solares.

La principal fuente de vitamina D es el sol. Solo una pequeña parte proviene de la dieta, siendo relativamente pocos los alimentos que ofrecen de forma natural cantidades sustanciales de vitamina D. Los pescados grasos, como el salmón, el atún y la caballa, son los que aportan mayor fuente de vitamina D. Otros alimentos, como el hígado vacuno, el queso y la yema de huevo también son ricos en esta vitamina, aunque en menor cantidad.

 

Autora: Charo Tabernero, periodista del COFM

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