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Los malos humos envejecen nuestra piel

La contaminación, derivada de las emisiones de gases de efecto invernadero, se ha convertido en uno de los grandes problemas del mundo actual. Recientemente, y coincidiendo con la Cumbre del Clima de Madrid COP25, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha advertido sobre la peligrosa concentración de dióxido de carbono, que ha alcanzado la cota más alta desde hace tres millones de años.

Una mala noticia que nos afecta a todos. Hemos asumido que la contaminación condiciona la salud, tanto, que es la responsable directa de más de tres millones de muertes al año en todo el mundo e indirectamente es la causa de una de cada seis. Pero la contaminación, no solo está presente cuando percibimos la boina negra, proviene de muchas fuentes, desde los rayos UV, pasando por el arsénico, el ozono, los óxidos de nitrógeno, el azufre o los productos de limpieza habituales, partículas que flotan a nuestro alrededor generadas por el tráfico o la industria. Cientos de partículas o restos de metales pesados que penetran en la estructura interna de la piel y provocan una oxidación de las células de la epidermis que, en respuesta, forman radicales libres en exceso.

Este proceso provoca una disminución de la producción de colágeno, elastina y ácido hialurónico. Por tanto, la piel pierde firmeza, elasticidad y es más propensa a la aparición de arrugas. Además, las membranas de las células cutáneas se deterioran y favorece la formación de manchas. En definitiva, la piel envejece prematuramente porque se producen alteraciones en el ADN de las células de la piel, causando mutaciones que pueden conducir a la muerte de estas células.

Esta es una realidad de la que no podemos escapar. Nuestra piel tampoco está a salvo dentro de casa, ya que seguimos expuestos a la contaminación, y en este caso hablamos de una contaminación cinco veces mayor que en la calle. Eso, sin contar que pasamos la mayor parte de nuestra vida en el interior de espacios cerrados.

Nuestra piel es vulnerable en todo momento y, aunque no es fácil eludir la contaminación, sí podemos mitigar sus efectos. Para ello, es conveniente adoptar determinados hábitos. Lo primero es limpiar nuestra piel en profundidad por la mañana y por la noche, a ser posible con partículas exfoliantes suaves que no dañen, pero suficientes para arrastrar la suciedad adherida en la superficie y, de esta forma, evitar que las micropartículas de polución se vayan almacenando en la piel.

Tras este primer paso, es conveniente reforzar la barrera cutánea y, para ello, nada mejor que mantenerla hidratada porque la piel deshidratada corre el riesgo de que aparezcan microgrietas que facilitan la penetración de agentes nocivos.

Pero no basta con limpiar e hidratar a conciencia. Hay que tomar medidas más drásticas y, por suerte, en los últimos años los laboratorios de dermocosmética vienen investigando en fórmulas específicas para combatir los daños de la contaminación. Actualmente existen principios activos indicados para bloquear la actividad de los radicales libres. Concretamente, productos con antioxidantes, que también tengan propiedades antiadhesivas, para evitar que las partículas se peguen a la piel. Tampoco podemos olvidar la protección ultravioleta o alternativas como los prebióticos y probióticos, que mantienen el equilibrio de la microbiota cutánea.

En definitiva, se trata de mantener un buen escudo protector utilizando agentes hidratantes que ayuden a mantener sana la capa hidrolipídica de la piel, responsable de la protección frente a agentes externos.

Tampoco está de más combinar los cuidados cutáneos con una buena alimentación, incluyendo en la dieta alimentos ricos en antioxidantes, que ayudarán a combatir los radicales libres.

 

Texto:

Charo Tabernero García, periodista del departamento de Comunicación del COFM 

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