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Insulina, cien años salvando vidas

 

En 1923, Frederick Banting y John Macleod recibieron el Nobel de Medicina por el descubrimiento de la insulina en 1921. No obstante, la historia de la insulina está llena de personas dedicadas a la investigación que aportaron su granito de arena con mayor o menor éxito, como es el caso de Zuelzer, en Alemania, Paulesco, en Rumania, y Scott, en Estados Unidos, quienes reclamaron su participación por sus investigaciones anteriores. Todos estos fueron rescatados posteriormente y ocupan un sitio en la historia de la ciencia, que hoy sigue sumando nombres de investigadores implicados con esta hormona.

El descubrimiento de la insulina supuso un antes y un después para las personas con diabetes. Gracias a ella millones de personas vieron cómo mejoró su calidad de vida, aunque fue una perra con diabetes la primera en recibir el 6 de agosto de 1921 el extracto de páncreas o insulina en su estado más primitivo para paliar el déficit de esta hormona, crucial para que las células del organismo asimilen la glucosa de la sangre.

Poco después, en 1922, se administra por primera vez insulina a Leonard Thompson, un joven de 14 años y diabético desde los 12, quien recibió una inyección de extracto de páncreas purificado para eliminar contaminantes tóxicos del extracto de hígado de ganado. Tras la aplicación de este tratamiento, Leonard fue el primer ser humano en superar los síntomas de la diabetes con extracto de páncreas.

La importancia de este avance incentivó a las farmacéuticas y la empresa Eli Lilly empezó a producir insulina comercialmente en 1923 en Estados Unidos. Un año más tarde, Nordisk lo hace en Europa. No obstante, la revolución de la insulina sigue escalando nuevas cotas, como la alcanzada en 1926, momento en el que se consigue cristalizar la proteína. Posteriormente, Frederick Sanger logra descomponer la estructura de la molécula de la insulina en 1955, un hallazgo que abre el camino para esclarecer la estructura general de la proteína, así como para la síntesis de otras sustancias que, al igual que la insulina, son susceptibles de ser utilizadas en diversos tratamientos terapéuticos.

Desde los primeros experimentos, la insulina se obtenía de animales como perros, vacas o cerdos, sobre todo de éstos últimos, porque la insulina de cerdo era muy similar a la humana, aunque no idéntica, y contenía algunas impurezas. Este hecho provocaba rechazo y, en ocasiones, alergias. Además, al ser obtenida del páncreas de los cerdos, por cada páncreas solo se conseguía insulina para el tratamiento de 3 días, una dificultad sumada al coste de mantenimiento del animal. En definitiva, el resultado era de bajo rendimiento y poco rentable.

Ante esta situación se buscaron alternativas para simplificar la fabricación y hacerla más asequible y segura. Este objetivo se logró gracias a los avances de la ingeniería genética, que posibilitó la capacidad de producir insulina a partir de la bacteria Escherichia coli (Ecoli), y en 1978 culmina un importante trabajo que consigue la secuencia de la insulina e introducirla en el interior de la bacteria para que esta produjera la insulina. Mediante este proceso la insulina se extrae de la bacteria, se purifica y se comercializa como medicamento.

El resultado fue una insulina humana (denominada comercialmente Humulin), más barata de producir, potente y segura, ya que no mostraba los problemas que producían las homólogas animales. La compañía Eli Lilly la puso en el mercado en 1982. Hoy en día, prácticamente todos los diabéticos son tratados con algún tipo de insulina recombinante.

 

 

Texto:

Charo Tabernero García, periodista del departamento de Comunicación del COFM

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