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¿Está justificado el castigo a los farmacéuticos?

La última revisión de los precios de referencia de los medicamentos financiados por el Sistema Nacional de Salud lleva ya unas semanas aplicándose en las oficinas de farmacia. Se trata de la décima vez que en los últimos 17 años la Administración central modifica esta herramienta de control del gasto farmacéutico público.

Podría decirse que la Administración la ha mejorado y perfeccionado hasta conseguir ajustar al céntimo de euro  los escenarios de gasto generado por esta prestación. Lo hace, eso sí, echando sobre las espaldas de los agentes del sector las insuficiencias de los presupuestos públicos destinados a este fin, algo que, a su vez, durante los últimos seis años de crisis económica  general tiene que ver con la reducción en la recaudación de impuestos, pero que anteriormente no tenía esa disculpa. Simplemente, antes y ahora, es más fácil, cómodo y rápido actuar ajustando precios dada su posición dominante como monopsonio (es pagadora de entre el 70 y el 80% de la recetas oficiales). De hecho, según cálculos de la consultora IMS, en su primer año de aplicación los nuevos precios de referencia supondrán una rebaja de facturación de 195 millones de euros para la industria farmacéutica y de 308 millones de euros para las oficinas de farmacia.

Ahora bien, si la Administración dispone de una herramienta eficaz para controlar el gasto farmacéutico público ¿qué justificación tiene que las farmacias sigan pagando tasas y sufriendo descuentos obligatorios que corresponden a otros tiempos  y a otras circunstancias?

Justificación no hay ninguna. No tiene sentido mantener medidas ideadas cuando el crecimiento de gasto era de dos dígitos, ni perpetuar otros descuentos que nada tienen que ver con el escenario actual. Mantener esta situación constituye un castigo, pero el castigo es imponer algo desagradable a una persona que ha hecho algo inconveniente, pasa por la razón y en las sociedades democráticas es proporcionado y legítimo. Pero en el caso al que nos referimos se trata de un castigo, y es injusto, puesto que la farmacia no ha hecho nada inconveniente, y no puede serlo presentar la factura de los medicamentos adelantados por ella a los ciudadanos que han recibido la correspondiente prescripción de los médicos del sistema público.

Si como decía Platón, la justicia consiste en decir la verdad y dar a cada uno lo que le corresponde, los farmacéuticos españoles no deberían recibir ningún castigo.

En la imagen “Tiempo de espera”, pintura de Carl Larsson (1853-1919) que representa  un castigo infantil  consistente en aislar o separar a un niño durante un tiempo.

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