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El yogur, primero en las farmacias

El origen exacto del primer yogur, debido a la fermentación espontánea de la leche, no tiene fecha exacta. Aunque la teoría más extendida sitúa este momento en la antigua Tracia, actual Bulgaria, en torno a 4.500 a.C. Es más, la palabra yogur, yogurt o yoghourt procede de la palabra turca ‘yagmak’ que significa cuajar.

Las cualidades de este producto fueron muy valoradas desde la antigüedad y el arte de su producción era transmitido de generación en generación. Según cuenta una leyenda persa, los secretos de esta leche fermentada fueron revelados por un ángel a Abraham, a quién proporcionó saludables virtudes y una conocida longevidad.

Entre los defensores del yogur hay que mencionar al médico y filósofo griego Galeno quien lo recomendaba contra los trastornos digestivos y para purificar el hígado y la bilis. También Gengis Khan, fundador del imperio mongol, incluyo una ración diaria en la dieta de sus tropas para darles vigor en el combate.

Siglos más tarde Metchnikoff, flamante Premio Nobel de Medicina en 1908, popularizó la utilización del yogur en Europa. Este microbiólogo de origen ruso demostró científicamente lo que Galeno ya había intuido, la capacidad de las bacterias de convertir el azúcar de la leche (lactosa) en ácido láctico y la posibilidad de detener el brote de las bacterias causantes de muchas enfermedades.

En España la historia del yogur está ligada a Isaac Carasso, un judío-sefardí originario de Salónica, quien se instala en Barcelona y empieza a comercializar el yogur que vendía en farmacias y hospitales, argumentando los efectos saludables de este producto que se anunciaba con el lema “Alimento potente y reconstituyente para el estómago y los intestinos”. Carasso, que había conocido en París al Nobel Metchnikoff cuando éste era director del Instituto Pasteur, inicio su aventura fabricando 400 yogures que dieron origen a la creación de la gran empresa Danone, nombre que le asignó en honor de su hijo Daniel.

Los yogures eran envasados en tarros de porcelana con tapa y trasladados en pequeñas heladeras, pero la distribución era muy cara, por lo que Isaac Carasso llegó a un acuerdo con la empresa de tranvías para que los cobradores de las líneas transportaran las tarrinas a las farmacias correspondientes. En 1930, gracias a la afición de Isabel, la hermana de Alfonso XIII, por los lácteos de Danone, la empresa se convirtió en proveedor de la Casa Real.

Menos recorrido tuvo el Yoghourt-Cit del doctor Torres Canal que se despachaba a principios del siglo XX en la Puerta del Sol de Madrid a 75 céntimos la tarrina y que se anunciaba en el periódico ABC para «Enfermos de estómago y de intestinos, cuando nada lo cure pruebe Yoghourt-Cit».

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