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Aprendiendo más sobre el acné

Retomamos el tema del acné para profundizar más en este problema.

El acné (acne vulgaris) es una enfermedad inflamatoria cutánea que afecta al folículo pilosebáceo y se manifiesta principalmente durante la adolescencia; no obstante, también se puede presentar durante otras etapas de la vida. Aunque resulte sorprendente, se han descritos casos en neonatos, niños y en personas adultas.

Es una de las enfermedades dermatológicas que más consultas genera, tanto en atención primaria como en atención especializada. Además de ser un problema dermatológico, algunos pacientes pueden experimentar trastornos psicológicos, como  frustración, baja autoestima y problemas con su imagen, que suponen un gran impacto psicosocial.

Las lesiones del acné se localizan predominantemente en las zonas de la piel en las que abundan los folículos pilosos (cara, tórax y espalda). Las lesiones típicas son los denominados comedones. Se trata de abultamientos de la estructura pilosa provocada por el taponamiento del orificio de los folículos pilosebáceos como consecuencia de la acumulación de sebo y queratina. Se manifiestan como puntos blancos o como puntos negros. También pueden aparecer lesiones inflamatorias superficiales denominadas pápulas o lesiones más profundas, nódulos. Generalmente, estas lesiones desaparecen con el tiempo, pero en ocasiones pueden evolucionar y formar cicatrices residuales.

El acné no tiene una única causa etiológica, sino que se trata de un proceso multifactorial. Se produce una alteración en los procesos de queratinización folicular debido a que una bacteria, Propionibacterium acnes, coloniza la piel, aumenta la producción de sebo y finalmente se produce un proceso inflamatorio localizado. Algunos fármacos y determinadas sustancias también pueden provocar acné, denominándose en este caso, yatrógeno.

El tratamiento farmacológico que se prescribe en el acné depende del tipo de lesiones y de la gravedad que presente el paciente. Se pueden utilizar tratamientos tópicos con retinoides, peróxido de benzoilo, salicílico o ácido azelaico en casos de acné comedoniano. Para el acné papulopustular leve o moderado también se suelen utilizar los tratamientos tópicos, incluyendo algún antibiótico, y para los tipos más graves se suele recurrir a los tratamientos combinados de fármacos tópicos y orales (antibióticos y retinoides).

Además de los tratamientos farmacológicos, es muy importante que los pacientes sigan una serie de recomendaciones higiénicas. La piel debe lavarse bien con agua templada y jabón neutro, pero no más de dos veces al día, y secarse sin frotar. Al final del día se deben desmaquillar, utilizando preferentemente leches limpiadoras para eliminar más eficazmente el exceso de sebo cutáneo, bacterias y células cutáneas muertas. Las lesiones del acné pueden mejorar con la exposición moderada al sol, pero en otros casos puede empeorarlo. Respecto al uso de productos cosméticos, se deben evitar aquellos que sean comedogénicos, grasos, irritantes o exfoliantes.

Un error muy frecuente entre los jóvenes es la manipulación de las lesiones para tratar de abrir el poro, lo que puede propiciar la aparición de infecciones o la formación de cicatrices.

Desde la oficina de farmacia se puede desarrollar una importantísima labor tanto en la recomendación de tratamientos farmacológicos que no requieran receta médica, como  en la derivación al médico en los casos más graves. El consejo farmacéutico sobre las medidas higiénicas y los productos cosméticos adecuados para cada tipo de piel también es fundamental para minimizar el impacto de las lesiones.

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